un nombre para la memoria
Al pueblo no le interesa la guerra, a nosotros nos interesa la paz, la guerra les interesa a quienes ejecutan el asesinato, la maldad y el atropello contra los seres humanos
Dionisio Hernán Calderón
Son las nueve de la mañana de un sábado y Jorge llega de manera puntual a nuestra cita. Me sonríe desde lejos y a pesar de que nos hemos visto en pocas oportunidades, estrecha mi mano y me abraza de manera calurosa. Como otras veces, está vestido con camisa de manga corta, cuello y botones, suele plancharlas perfectamente y acompañarlas con pantalones de dril oscuro, su respectiva correa de cuero y zapatos del mismo material. Es un hombre de 71 años, corpulento y de piel trigueña; lleva el cabello peinado hacia atrás y engominado; tiene una expresión bonachona, la risa sonora y una mirada acuosa que se ilumina siempre que habla de su hermano o de quienes han sido y son sus compañeros y amigos.
Hemos acordado encontrarnos en el sindicato de trabajadores de Yumbo, que lleva el nombre de su ya fallecido hermano: Dionisio Hernán Calderón, presidente de esta organización hasta la noche del 28 de septiembre de 1985, cuando hombres encapuchados le dispararon varias veces dentro de su casa en el barrio San Fernando, en presencia de su esposa y sus cuatro hijos.
A Dionisio se le puede leer, como al principio de este texto, en una placa de mármol gris ubicada pocos metros a la derecha de la entrada principal del edificio de casi cinco pisos de ladrillo naranja. En él funcionan las oficinas del sindicato de trabajadores al servicio del municipio, la despensa encargada de surtir medicamentos a precios especiales a estos empleados y que también fue bautizada “Dionisio Hernán Calderón”; y un auditorio que sirve a la comunidad para actividades culturales y recreativas, como conversatorios y clases de zumba, a las escuelas para las clausuras de los niños, y a distintas organizaciones sociales del municipio para reuniones y conferencias.
Al entrar al edificio Jorge saluda como viejos conocidos a los trabajadores que están reunidos alrededor del cubículo de la recepción, me presenta rápidamente, avanza y me invita a seguirlo mientras me cuenta que Dionisio concibió años atrás el lugar no sólo para ser usado por el sindicato, sino también por los yumbeños, para reunirse, dialogar, organizarse y socializar en torno a problemáticas y procesos comunes. En otras palabras, un lugar para la participación ciudadana, de los que casi no había y sigue sin haber en el pueblo.
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Dionisio
Al llegar al fondo del primer piso del Sindicato de trabajadores entro con Jorge en el auditorio en el que una de las muchas actividades para las que es utilizado está próxima a empezar. Caminamos hasta el final del salón entre los organizadores que van y vienen presurosos cargando arreglos de flores, sillas, manteles de poliéster y cintas de tafeta. Nos detenemos frente a dos fotografías colgadas de una pared blanca. A un lado, la fotografía de Fidel Castro Murillo, amigo de los hermanos y ex presidente del sindicato, quien asumió el cargo tras el asesinato de Dionisio y fue víctima de varios atentados antes retirarse y tomar la decisión de enlistarse en las filas del Ejército de Liberación Nacional (ELN), donde pasó sus últimos años. Del otro lado de la pared, la fotografía de Dionisio.

Dionisio era alto y delgado, tenía el cabello negro, abundante y lacio, las cejas pobladas y unos ojos grandes, oscuros, que miran fijamente en cada fotografía; nunca se le ve sonriendo a la cámara a pesar de que lo recuerdan como alguien de carácter jovial y alegre. Nació en 1946 y era tres años mayor que Jorge; ambos son oriundos de Dagua y en 1949 su familia, conformada por su madre y tres hermanos más, llegó a vivir a Yumbo en busca de nuevas oportunidades.
Según Jorge, su hermano era más dedicado a los libros y al estudio que él: “como descendientes de familia campesina mi padre no asumió la responsabilidad, o sea que la situación era bastante difícil; desde muy pequeños trabajamos para ayudar a sostener la casa. Dionisio, en la época en que aparece un programa por una emisora, Radio Sutatenza, hizo el bachillerato por radio. Él era muy juicioso y muy dedicado, entonces se propuso hacerlo y lo hizo, en cambio yo era un poquito más perezoso y más desordenado, pero nosotros nos criamos juntos, éramos un ejemplo de hermanos, nos queríamos mucho”.
Doña Mercedes Calderón – la madre de Dionisio, de Jorge y de tres niños más- trabajaba en la Plazoleta de mercado del pueblo; todos los miércoles se encaramaba en una chiva con destino a la Galería central en Cali y ahí se abastecía de plátanos, yucas, papas, tomates, cilantro y arracachas para venderlos a los yumbeños en el puesto que tenía y al que a veces la acompañaban sus hijos, quienes a medida que crecieron se dedicaron a distintos oficios. Jorge, por ejemplo, fue mesero en varios restaurantes, clubes y balnearios; y en muchos de esos lugares coincidió con Dionisio a quien contrataban como “discómano” para que se encargara de programar las canciones de salsa brava que tanto le gustaban y que tanto movían a la gente.
Jorge a veces se refiere a su hermano como “el compañero”, a ambos no sólo los unen lazos de sangre sino también la afinidad y complicidad en algunos procesos sociales. “Cuando yo apenas entro a estudiar, mis tíos eran lectores del periódico de los liberales, pero también compraban el periódico Voz de la Democracia, el órgano informativo del Partido Comunista y yo lo leía. Cuando yo empecé a leer y Dionisio también, nosotros veíamos allí todas las denuncias que se hacían sobre los abusos que se cometían, sobre todo contra los campesinos y contra los obreros y eso fue causando simpatía por el movimiento de izquierda”, me dice.
No sólo sus tíos simpatizaban con la izquierda, sino que Mercedes, su madre, fue militante del partido Gaitanista, liderado por el Caudillo Liberal Jorge Eliecer Gaitan, y luego del Movimiento Revolucionario Liberal (MRL): “nosotros ahí más o menos aprendimos de ella y de mis tíos. Tanto Dionisio como mi persona teníamos contacto directo con Radio Habana y de allá nos mandaban muchos materiales. En estos días, reblujando los papeles que mi madre dejó, miro un álbum y allí guardaba fotografías, calendarios de Fidel Castro, el Ché, Camilo Cienfuegos y de otros de los dirigentes revolucionarios de Cuba”.
En 2019 Mercedes Calderón, junto a otras mujeres del municipio, fue homenajeada por el autor Hernando Cortés quien la describió como “un ejemplo de compromiso con los más pobres, fue un ejemplo de mujer que nunca declinó en sus ideales y siempre acompañó las luchas populares”.
Una vez los hermanos tuvieron la edad suficiente para votar empezaron la búsqueda de un directorio de izquierda. Fue Jorge quien lo encontró, quedaba en el parque Bolívar y en cuanto manifestó su interés en ingresar fue bien recibido. Días más tarde Dionisio también ingresó y empezaron juntos a trabajar en la campaña de la Unión Nacional de Oposición (UNO), cuyo candidato lograría finalmente una curul en el concejo.
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En 1976 Dionisio había sido además de discómano, recolector de algodón junto a Jorge y maestro de obra en la cantera de donde se saca piedra caliza y otras construcciones. A los 28 años entró a trabajar como obrero del municipio, fue directivo del sindicato de trabajadores durante algún tiempo y posteriormente se convirtió en el presidente de la organización.
Durante este período los trabajadores oficiales lograron importantes acuerdos con la administración: El primero de ellos, que la permanencia en sus puestos dejase de depender del divino capricho del político de turno y los partidos tradicionales que les obligaban incluso a aportar parte de sus sueldos a sus directorios. Pactaron, además, un aumento salarial y la jubilación tras veinte años de servicio independientemente de la edad.
Las conquistas del sindicato, en cabeza de Dionisio no sólo beneficiaron a los empleados del municipio sino también a todos sus habitantes: consiguieron una ambulancia para los trabajadores y la comunidad, una farmacia que ofrecía medicamentos a precios más bajos, un edificio para la sede del sindicato -lo suficientemente grande para que en ella se pudieran reunir distintas organizaciones y adelantar actividades artísticas y culturales para los yumbeños- y un lote para la construcción de las viviendas de aquellos trabajadores que aún no contaban con una. Estos tres últimos lugares fueron bautizados en memoria del líder asesinado.

Antes, e incluso durante su permanencia en el Sindicato de Trabajadores de Yumbo, Dionisio hizo parte de distintas organizaciones gremiales y sociales: pertenecía a la dirección nacional de la Federación de Trabajadores del Estado, al comité ejecutivo del Partido Comunista Colombiano del Valle y a la Junta de Acción Comunal del barrio Uribe. Era de quienes creían que la unión hace la fuerza, en consecuencia participaba y apoyaba las manifestaciones y movilizaciones adelantadas por otras organizaciones: caminó junto a los maestros del colegio mayor, sus estudiantes y otros trabajadores invitando a los yumbeños a manifestarse contra el alza desmedida de los pasajes, contra el desinterés que ahogaba de sed un barrio y otras veces contra la corrupción que permitía que el enorme ingreso de uno de los municipios más ricos del país se fuera como agua entre las manos de quien estuviese en la administración.

Aunque no era creyente y no comulgaba con ninguna iglesia, Dionisio no vacilaba un instante cuando los párrocos o los miembros de la Juventud Obrera Cristiana le solicita bansu apoyo o le pedían prestados los megáfonos del sindicato para alentar protestas y manifestaciones.
“Él se reunía con las JAC para ver la problemática en el barrio, para ver qué era lo que necesitaba la gente y por qué, y él les decía: Es que toda la problemática que nosotros tenemos tiene que ver con una cuestión política, es con el gobierno, con los dirigentes del Estado, porque ellos los dineros no los distribuyen en la solución del problema social. Por eso, cuando Dionisio fue asesinado, fue una cosa tan dura que causó un impacto en toda la población, y si se quiere a nivel nacional. Hubo comentarios y mensajes de solidaridad internacionalmente”, dice Jorge.
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No puedo menos que poner de presente la mentalidad abierta de Hernán Dionisio, fue amigo de todos los actores políticos, incluso de aquellos a quienes consideraba contradictores, pero no enemigos. Lo asesinaron las balas de la intransigencia, la intolerancia, las mismas que acabaron con el sueño de miles de colombianos.
Juan de Dios Vivas Satizábal
Antes de morir, Dionisio se encargó de denunciar en distintos espacios la persecución y la violencia de la que eran objeto quienes integraban varias organizaciones sociales y sindicales del municipio. Incluso hizo llegar, junto a una delegación, al Procurador General de la Nación un memorándum, con copia al presidente Belisario Betancur, en que denunciaba el clima de terror que se vivía en Yumbo y las decenas de crímenes cometidos desde 1977, que permanecían en la impunidad.
Justo 22 días antes de su asesinato afirmó durante una asamblea en el sindicato que integrar esta organización lo había convertido en blanco de amenazas, allanamientos y detenciones:
“He sido uno de los voceros de Yumbo ante las altas autoridades para reclamar justicia, para protestar contra los asesinatos que están cometiendo desde 1977 en Yumbo, ustedes conocen que he estado en Bogotá, en Cali, en Popayán, en todas partes, denunciando con nombres propios: Sigifredo Loaiza alias Puntilla, Peñuela, el Costeño, Gerardo Agudelo el cura asesino, todos esos son los que han matado a los hijos del pueblo en Yumbo, porque los hemos visto, y lo he manifestado por escrito ante las altas esferas del gobierno […] De ahí compañeros que me haya ganado la persecución gratuita de todos los sicarios de Yumbo…Me han allanado, me han detenido, me han hostigado, me han amenazado 50 o 100 veces de muerte y he dicho que la única protección que puedo tener son ustedes, el pueblo en general y que no renuncio a mi compromiso porque confío en que ustedes, como lo han demostrado muchas veces al lado del pueblo son capaces de responder, como lo hicimos en la marcha por la paz donde logramos congregar a más de 6.000 personas en la plaza pública sin gritar ni un viva ni un abajo sino sencillamente con nuestras banderas blancas reclamando paz y asistiendo a una misa para que allí se demostrara el sentido del pueblo… del pueblo de Yumbo en contra de la guerra y en contra de los asesinatos.”

Desde los veinte años los dos hermanos militaron en el Partido Comunista y se adhirieron en 1984 a la Unión Patriótica UP, el movimiento político que surgió como una apuesta por la inserción a la vida política y la dejación de las armas de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia FARC, durante la presidencia de Belisario Betancur, con quien el grupo insurgente pactó un cese al fuego.
Con la propuesta política de la UP no sólo simpatizaron guerrilleros y excombatientes, sino también amplios sectores de la izquierda democrática, además de líderes sindicales, sociales, estudiantiles, campesinos y obreros como Jorge y su hermano.
A pesar de que desde sus inicios la UP fue sometida a toda clase de hostigamientos y atentados, la acogida entre los votantes era evidente: durante las elecciones de 1986, las primeras en que participaron candidatos del partido, fueron elegidos 14 congresistas para la cámara y el senado (dos de ellos ex comandantes guerrilleros), 18 diputados en 11 asambleas departamentales y 335 concejales en 185 concejos del país.
Los hostigamientos contra los miembros de la UP empezaron en 1984, cuando se presentaron los primeros asesinatos y desapariciones forzadas. Tras las agresiones se percibía la actuación de agentes estatales o de integrantes de grupos paramilitares. Las constantes violaciones a los acuerdos firmados, hicieron que se rompieran las negociaciones entre el Gobierno y la guerrilla. Los miembros de la nueva coalición quedaron entonces en una situación de alto riesgo, pues eran acusados abiertamente de ser portavoces de la insurgencia armada y los organismos estatales no les brindaban protección efectiva. Así comenzó un proceso de exterminio que se ha prolongado por más de 20 años.
Se calcula que entre 1985 y 1988 fueron asesinadas 630 personas adscritas a este movimiento político. Solo finalizando el 86 habían sido asesinados tres congresistas, un diputado, once concejales, 69 militantes de base, 24 guerrilleros en tregua, 34 simpatizantes, y 61 dirigentes y activistas, entre ellos Dionisio Hernán.
De acuerdo con la sentencia proferida por la Corte Interamericana de Derechos Humanos (Corte IDH) en el caso Integrantes y Militantes de la Unión Patriótica vs. Colombia, notificada en enero de 2023, el Estado colombiano fue declarado responsable por la persecución y graves violaciones de derechos humanos contra 6.898 víctimas vinculadas a la Unión Patriótica, cometidas durante más de dos décadas. La sentencia reconoció la participación de agentes estatales, la estigmatización de la UP y la falta de investigaciones efectivas, y ordenó medidas de investigación, reparación, memoria, reconocimiento de responsabilidad y garantías de no repetición.
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La noche del 28 de septiembre de 1985 a las 7:30, mientras en el parque principal del pueblo se quemaba un castillo de pólvora para celebrar las fiestas de Nuestro Señor del Buen Consuelo, Dionisio era asesinado en la sala de su casa en el barrio San Fernando cuando escuchaba música en compañía de sus dos hijos pequeños, su esposa Dalilah Cárdenas y los dos hijos de esta. “Le descargaron dos armas, un 38 largo y una 9mm, fueron dos tipos que le dispararon. Estaba la esposa y los niños, al mayor de ellos lo habían mandado a la tienda y él iba subiendo, cuando se dio cuenta. Fue muy terrible, ellos vieron a su padre agonizar, vieron cuando él cayó en el andén y el sicario le dio lo que llaman un tiro de gracia, le dieron un tiro en toda la garganta.” Recuerda Jorge.
Él se enteró de la muerte de su hermano mientras estaba en su casa, leyendo la prensa: “llegó una vecina y dice que le hicieron un atentado a Hernán, yo dije: Lo mataron. Yo no pegué pa’ la casa de él sino pa’l hospital y justamente cuando llegué ahí estaba extendido (…) Para mí fue muy duro, pero también fue un impacto tenaz de mucha rabia y de mucha ira”
Al sepelio de Dionisio asistieron tantas personas, que la eucaristía debió realizarse al aire libre en la plaza principal del pueblo, el parque Belalcázar, frente a la iglesia Nuestro Señor del Buen Consuelo. El entonces cura párroco ordenó repicar las campanas de la iglesia durante una hora en señal de duelo y en la estación de bomberos hicieron sonar la sirena en distintas oportunidades durante el día.

“Fue muy terrible porque Dionisio además de que era una persona que todo mundo quería, todo mundo apreciaba, era una persona que sabía muchísimo, y al no estar él, como que era el eje de una organización, al no estar ese eje esa organización se iba como que a dispersar”, me contó meses más tarde de mi encuentro con Jorge, Yaneth Rivera, la hija de uno de uno de los amigos más cercanos y compañero de los hermanos, Eladio Rivera, asesinado en 2014.
Tras el asesinato de Dionisio, Jorge y su familia denunciaron a los individuos que con anterioridad lo habían amenazado. Entre ellos se encontraban miembros de la policía y el aparato estatal presuntamente relacionados con sicarios que estaban a su servicio y con quienes actuaron concertadamente. Sin embargo, siete años después de abierta la investigación, a Jorge se le informó que esta sería cerrada por falta de pruebas.
Jorge
Cuando terminé de escribir este texto, Jorge se encontraba en el exilio por tercera vez. Desde la muerte de su hermano esta es la tercera oportunidad en que teme por su vida y se vió en la obligación de abandonar el país para protegerse a sí mismo y a su familia. Él, al igual que su hermano, hizo parte de varias organizaciones sindicales del municipio desde su juventud.
Cuando tenía 21 años empezó a trabajar en Curtiembres Titán y se integró al sindicato de trabajadores para exigir condiciones laborales más dignas en el interior de la empresa, donde los trabajadores no contaban siquiera con espacios para alimentarse y a pesar de que operaban máquinas considerablemente peligrosas tampoco disponían de un lugar donde les brindaran primeros auxilios en caso de accidentes.
Jorge escaló posiciones dentro del sindicato y pasó a integrar la junta directiva; tras seis meses en la organización. En el año 1978, según cuenta, fue despedido sin una justa causa, pese a contar con un fuero sindical que establecía que sólo podía ser removido de su cargo bajo la orden de un juez; este hecho, explica, coincidió además con un período en el que fue detenido de manera arbitraria en varias oportunidades por lo que decidió buscar asesoría y apoyo en otros líderes que tenían una visión política similar a la suya. Trabajó también en la fábrica de metales Gema y tiempo más tarde sería parte de los funcionarios de la cafetería central de la sede Meléndez de la Universidad del Valle, donde cumplió 13 años prestando sus servicios.
Cuando Dionisio fue asesinado, Jorge trabajaba en la Universidad del Valle. A raíz de la denuncia de la muerte de su hermano, empezó a ser amenazado y perseguido constantemente:
“Después de la muerte de mi hermano, cuando se inicia el genocidio, todos los días enterrábamos compañeros, fue muy duro, yo incluso hice parte del grupo que brindaba seguridad a compañeros como Pardo Leal (…) a nosotros nos perseguían, fui víctima de dos intentos de asesinato y varios intentos de secuestro, lo que pasa es que tuve que asumir una actitud de autoprotegerme. En la universidad, en la cafetería en que yo trabajaba diariamente, eran tres y cuatro llamadas con amenazas de muerte, se notaba el seguimiento; en una ocasión alcancé a ver dos motos a la salida de la Universidad que estaban en el paradero donde abordábamos el bus (…) Después de eso, más o menos a mediados del 88 me hacen una llamada donde me dicen que tengo que salir del país, que me dan 15 días si no acaban con toda la familia.”
Fue cuando amenazaron a Jorge con acabar con su familia que decidió abandonar el país. Varios compañeros del partido en el que militaba lo apoyaron para que saliera de Colombia. Gestionaron con rapidez pasajes para México y ahí permaneció durante siete años.
Al regresar a Colombia, una de las primeras cosas que hizo fue buscar al abogado que se encargaba de hacer el seguimiento a la investigación del asesinato de Dionisio. “El compañero me dice: no, es que el juez canceló el proceso por falta de pruebas. Los jueces, algunos lo hacían por dinero, otros por temor; porque el juez que llevaba un proceso era amenazado también de muerte, él y su familia, entonces tenían que encajonar los procesos. Entonces yo fui a la Defensoría del Pueblo, no estaba el defensor y me atendió una abogada; ella me aconsejó que hiciera una petición a la Procuraduría para que se reabriera el proceso investigativo. Yo hice esa petición y la Procuraduría no me dio ninguna respuesta. A los tres días me llamaron para amenazarme, y solamente fui a la Procuraduría y a la Defensoría del Pueblo, quiere decir que tanto en la Defensoría, como en la Procuraduría estaban los paramilitares.”
La segunda vez que Jorge decidió abandonar el país fue cuando las llamadas amenazantes empezaron a estar separadas por intervalos cada vez más cortos y cuando un día, mientras transitaba en Cali, fue abordado en su vehículo por individuos que intentaron forzar las puertas.
