Resistir al Exilio


El 5 de marzo de 1992 Joanna Castro, hija del ex presidente del sindicato de trabajadores de Yumbo, Fidel Castro, llegó a su casa en el barrio Marroquín en Cali y aún con el uniforme del colegio puesto, como era costumbre, encendió la televisión y sintonizó el noticiero regional. De pronto, entre las imágenes que iban y venían en la pantalla observó a su padre contando con soltura a un grupo de reporteros cómo un golpe de suerte le había salvado de estar sentado en su despacho cuando el escritorio explotó y voló por el aire. 

“Prendí el noticiero mientras mi mamá me servía el almuerzo, cuando ahí voy viendo bomba en el sindicato y uno se queda así como… Pero después pasan a mi papá diciendo me salvé, sino me estuvieran recogiendo con cucharita. … y uno es como ¿qué?”

Joanna se ríe mientras me cuenta el incidente con su acento caleño profundamente marcado, al reír se tensan sus mejillas trigueñas y su rostro perfilado y juvenil.  Casi tiene 40 años, no es muy alta y tiene la contextura esbelta y la apariencia saludable de quien hace deporte frecuentemente y evita -por salud y ética- alimentos como el azúcar procesada y las carnes. 
Cuando nos vimos a finales de 2020 estaba de paso por Cali, pues vive en Estocolmo junto a su familia desde 1996, cuando la persecución contra su padre se hizo insostenible. Decidimos encontrarnos en un punto central de la ciudad, en el barrio San Fernando, exactamente en el parque del Perro. Joanna lleva una falda corta negra ligeramente ceñida y una blusita de tiras del mismo color. Me saluda en cuanto me ve sentada junto a la estatua blanca del perro que le da el nombre al parque y me invita a un pequeño café restaurante frente a la plaza, en el que me cuenta ya había estado antes. 

Me pregunta si ya he cenado y pide para ella un jugo de lulo- Sin azúcar- y un plato de ceviche de atún acompañado con galletas de soda. Una vez le hablo de la intención de la entrevista empieza a contarme con detalle cronológico sobre la vida de su padre desde su niñez hasta su muerte en combate en las filas de la guerrilla del ELN en 2007, pasando por su faceta de estudiante de la Universidad del Valle, de docente de la escuela Juan XXIII de Yumbo,  de presidente del sindicato de trabajadores del municipio, de padre, de esposo y de exiliado político. 

En eso llegó Fidel… 

Fidel nació en Santiago de Cali en 1959, el mismo año en que a casi a 2.000 kilómetros de distancia, a la orilla del Caribe, en Santiago de Cuba, el Ejército Rebelde encabezado por el abogado Fidel Castro Ruz derrotaba las tropas del dictador Fulgencio Batista y declaraba desde el balcón del ayuntamiento de la ciudad una victoria sin precedentes, que contagió de entusiasmo el centro y sur del continente y que sirvió como inspiración para planear rebeliones, componer canciones, escribir libros y en el caso del padre de Fidel, ex directivo del sindicato de Ferrocarriles de Zipaquirá, para nombrar a su descendencia.

La única fotografía que hay de Fidel en internet es la misma que está colgada en el auditorio del Edificio del sindicato de trabajadores, al otro lado de la foto del también ex presidente de la organización, Dionisio Hernán Calderón, ambas en una suerte de columnas blancas que sobresalen de una pared del mismo color, detrás de una tarima hecha de tablas de madera barnizada. 

Retrato de Fidel colgando en el auditorio del Sintramunicipio


La imagen parece tener el fondo retocado, una tela roja ocupa perfectamente la mitad del cuadro blanco atravesándolo de manera diagonal y en la esquina superior derecha se lee en una letra cursiva amarilla el nombre completo de Fidel y las fechas de su nacimiento y su deceso. Para el día de aquella foto parece tener no más de 30 años, es  un hombre de contextura mediana, trigueño, con un cabello y una barba negra y abundante. Tiene puesto un traje gris de manga sobre una camisa azul celeste de finas rayitas blancas a la que le ha dejado los tres primeros botones abiertos.  Mira con seguridad hacia el otro lado de quien sostiene la cámara y entrecruza las manos sobre lo que parece una agenda y un sobre de manila.

Una vez culminó el bachillerato, entró a la Universidad del Valle, en Meléndez, a estudiar Licenciatura en Matemáticas. Según lo que le contó a su hija, desde los quince años dedicaba sus ratos libres a la lectura de autores como Marx, Gramsci, Mao y a la discusión de esos textos en pequeños grupos de estudio a los que lo invitaba uno de sus mejores amigos y también vecino, Daniro, fallecido a los 19 años después de que la policía lo hiriera durante un asalto en un almacén Carulla en el Sur de Cali, en el que él participaba como miembro del Ejército de Liberación Popular (EPL), un grupo insurgente de corte marxista-leninista fundado en 1967 del que ahora queda un número más bien reducido, debido a la desmovilización de más de 2.000 de sus miembros en 1991. 

Fidel y Daniro confiaban profundamente el uno en el otro: una vez Daniro fue impactado dentro del almacén huyó de la policía escondiéndose en un canal de aguas residuales y se dirigió a una vivienda en el barrio Siete de Agosto donde contactó a Fidel,  que insistió en llevarlo a un hospital y le sirvió como donador de sangre, sin embargo y pese a los esfuerzos la infección en la herida fue letal. 

“Si yo hubiera nacido hombre, me hubieran puesto Daniro” dice Joanna riéndo. 
Su padre evocaba aquella amistad a partir de pequeños detalles que, para él, cobraban un profundo significado: como el hecho de haber sido la única persona compatible para donar sangre a su amigo ese día o como el fuerte aguacero que cayó sobre la ciudad minutos después de su muerte. 

Un año después de aquel suceso, en 1.979, a los 20 años, Fidel conoció en Puerto Mallarino a Amparo, una joven tres años mayor que él, con quien se casó a escondidas y tuvo tres hijas, entre ellas, Joanna.

Amparo provenía de una familia campesina y desde que se graduó del colegio trabajó atendiendo público en pequeños negocios como papelerías y ferreterías, a la vez que estudiaba contaduría y ayudaba a su madre con un puesto de arepas que Fidel visitaba sagradamente para comprar el desayuno y verla aunque no se animara a hablarle. 
 Joanna describe a su madre cómo una mujer más bien tradicional, que no tuvo mayor interés en las mismas causas sociales y políticas de Fidel, pero que siempre le apoyó y le acompañó con una actitud abnegada.

“Cuando me conciben, no están ni casados ni nada, pero rapidito organizaron para donde ir y compararon un lote en lo que hoy es Marroquín, distrito de Aguablanca. Se casaron a escondidas y cuando contaron que me estaban esperando, pues ya se habían casado y tenían un lote.” Recuerda la joven.

En 1983 Fidel aplazó algunas materias de su carrera y así pudo continuar con sus estudios y conseguir un empleo de medio tiempo que le permitiera responder por los gastos de su nueva familia. Primero trabajó en un colegio para señoritas en Cali y luego, por recomendación de un conocido, en la Institución Educativa Juan XXIII, una escuela pública de Yumbo, ubicada en el barrio Las Américas.
 
En la búsqueda por reconstruir el relato de la vida de su padre, Joanna visitó hace algunos años la escuela Juan XXIII y habló con varias de las ex compañeras de trabajo de Fidel, quienes le contaron que una de las primeras cosas que su padre hizo al llegar a la institución fue organizarse con otros maestros para construir por su cuenta una tarima para las presentaciones de los estudiantes en el salón de piso rústico que hacía las veces de auditorio.

Ese mismo año se adhirió al sindicato de trabajadores de Yumbo, conformado entonces por empleados oficiales, obreros y maestros. La organización estaba presidida por el líder comunista Dionisio Hernán Calderón, con quien rápidamente estableció una relación de compañerismo y amistad:

“Dionisio era muy beligerante. Digamos que mi papá siempre lo reivindicó como el que le enseñó el sindicalismo (…)  Pero lo bonito de ellos es que se encuentran dos tradiciones diferentes. Mi papá no era comunista, desde su punto de vista eran muy sectarios, siempre lo dijo y los detestaba, decía que eran unos hijueputas y pensaba así, aunque también reconocía que con Dionisio fue que aprendió muchas cosas”
De acuerdo con el periodista Luis Alfonso Mena Sepúlveda, en su libro La historia de un sindicato del pueblo, uno de los principales aportes de Castro al Sintramunicipio de Yumbo fue lograr que los docentes se vincularan de forma masiva a la organización, fortaleciendo con ello su incidencia en los territorios.

Foto: La Historia de un Sindicato del Pueblo, Luis Alfonso Mena


Joanna, por su parte, destaca la entrega con la que su padre hacía cada cosa, su carácter incorruptible y la forma responsable y austera en que usaba los recursos de la organización sindical durante diferentes actividades.

El 8 de junio de 1985, Fidel participó del cabildo abierto impulsado por el Sintramunicipio en el que la organización denunció la violación de los derechos de los humanos por parte de elementos policiales y militares de la región. De acuerdo con los voceros del sindicato, varios jóvenes del municipio habían sido asesinados por agentes de la policía conocidos entre la población como Puntilla, Peñuela, y el Cabo Niño; así mismo indicaron que Dionisio Hernán Calderón había sido objeto de amenazas contra su vida en múltiples oportunidades. 
Pasados un poco más de tres meses de aquel encuentro, el 28 de septiembre de 1985, hombres armados ingresaron a la vivienda de Dionisio Hernán Calderón y le dispararon varias veces frente a su esposa y sus hijos. 

Fidel en la cruz

Después del asesinato de Dionisio, Fidel Castro asumió la presidencia de Sintramunicipio hasta 1996.

Durante la década que presidió el sindicato Castro cuestionó y criticó duramente la gestión de los alcaldes Héctor Aníbal López (1988-1990), Freddy Bejarano (1990-1992), Enrique Aniro Parra (1992-1994) y Carlos Moreno (1995-1997). Además, respaldó ampliamente el gremio docente en su búsqueda por condiciones laborales que les garantizaran estabilidad en sus puestos de trabajo. 

Entre 1989 y 1996 se mantuvo una lucha casi permanente por parte de los docentes del municipio por ser nombrados en sus cargos, cansados ya de que los directorios políticos convirtieran los contratos a término fijo en la moneda de cambio con que se pagaban favores, relacionados con la cooptación de votos durante los períodos electorales.

Fidel siguió de cerca las manifestaciones de los docentes, cada vez más extremas: la huelga de hambre de tres días en la Cámara de Comercio de Yumbo en 1989, la ocupación pacífica de la parroquia Nuestro Señor del Buen Consuelo en 1990 y el encadenamiento y posterior costura de labios de un grupo de maestros en el parque Belalcázar en septiembre de 1992. 

Foto: La Historia de un Sindicato del Pueblo, Luis Alfonso Mena


En 1995, sólo tres años después de la protesta de los labios cosidos, el conflicto por la vinculación en propiedad de docentes en las instituciones educativas del municipio se reavivó. En esta oportunidad un grupo de maestros contratistas inició un cese de actividades y ocho de ellos se declararon en huelga de hambre en la parroquia Nuestro Señor del Buen Consuelo. Tras varios días sin recibir una respuesta por parte de la administración en cabeza de Carlos Alberto Moreno y ante el deterioro en las condiciones de salud de los manifestantes, la protesta se transformó. 

Los ocho docentes abandonaron el recinto religioso y, a partir de entonces, estudiantes y trabajadores oficiales del municipio desarrollaron movilizaciones y bloqueos viales. 
Fidel, por su parte, se sumó a la comisión designada para negociar con la administración una solución. Pese a su rol, una noche, al culminar una de las jornadas de negociación, fue aprehendido por la Policía bajo señalamientos de alteración del orden público. La detención provocó una nueva movilización hacia las inmediaciones del cuartel de Policía, donde permaneció retenido hasta que fue liberado horas más tarde. 

Finalmente, tras un prolongado proceso de conversaciones y con la participación del gobierno departamental, se suscribió un acuerdo que permitió una salida transitoria al conflicto.
No  pasó mucho tiempo antes de que el gremio docente del municipio sufriera otro duro golpe:  En 1996, un fallo de la Procuraduría determinó que los docentes de Yumbo no podían afiliarse a Sintramunicipio al ser considerados empleados de la Gobernación del Valle y no de la Alcaldía de Yumbo. En términos prácticos, esto significaba que los maestros quedarían excluidos de los beneficios conquistados por el sindicato para los trabajadores oficiales y que el cuerpo sindical perdería casi 300 de sus miembros.

Como respuesta, 243 docentes afiliados a Sintramunicipio cesaron sus actividades el 6 de febrero de 1996. La protesta fue respaldada por maestros no sindicalizados y miles de estudiantes. Entre el 16 y el 18 de febrero,alumnos y padres de familia realizaron una toma pacífica de la Defensoría del Pueblo en Cali para exigir una solución; el 19 de febrero estudiantes de bachillerato del Colegio Mayor ocuparon las instalaciones de la Institución Educativa y, hacia finales del mes, una multitud integrada por docentes, trabajadores, estudiantes y padres de familia marchó hasta la Gobernación del Valle para reclamar una negociación.

Al no llegar acuerdos, el 4 de marzo nueve estudiantes iniciaron una nueva huelga de hambre en el Colegio Mayor. Cinco días después, dos de ellos fueron hospitalizados y otros dos diagnosticados con deshidratación aguda y gastritis severa.

El 13 de marzo de 1996, tras más de un mes de conflicto sin respuesta de la Alcaldía, una estudiante pronunció la frase que marcaría  la historia de esta movilización: “Lo único que falta será crucificarnos”. De ese comentario surgió la idea que poco después materializaron el docente  del Colegio Fray Alfonso de la Concepción Peña Wilmer Puertas y los miembros de Sintramunicipio Yesid Montenegro y Fidel Castro. 

Los tres fueron clavados en cruces en el Colegio Mayor de Yumbo y posteriormente trasladados  hasta el parque Belalcázar donde decenas de personas se congregaron, unas movidas por la solidaridad con los docentes  y otras por la incredulidad y la curiosidad.

Foto: La Historia de un Sindicato del Pueblo, Luis Alfonso Mena


Al completar un día en las cruces, el 14 de marzo, el alcalde Carlos Alberto Moreno expidió el Decreto 051 mediante el cual estableció el toque de queda en el municipio. Al día siguiente, los tres crucificados fueron trasladados a centros asistenciales debido a las infecciones y complicaciones derivadas de las heridas en sus manos. Pese al toque de queda, una multitud concentrada en el parque Belalcázar atacó la Alcaldía y otras dependencias públicas, al tiempo que se desarrollaba una mesa de diálogo con el viceministro de Trabajo, el gobernador del Valle, el alcalde y los voceros de Sintramunicipio. 

Como resultado de los disturbios, perdieron la vida Fabio Nelson López Londoño, de 15 años, y Carlos Armando Díaz Tarapuez, de 20 años, ambos por disparos en la cabeza. Diecisiete meses después, según El Tiempo, ninguna de las dos muertes tenía responsables establecidos con firmeza. La familia de Fabio Nelson optó por no emprender una batalla jurídica. La de Díaz Tarapuez sí lo hizo, y logró que la Fiscalía Seccional de Cali confirmara que la bala que le quitó la vida salió del arma del concejal Evelio Ñáñez, disparada cuando la multitud atacó a piedra su vivienda en el barrio Las Cruces —sin embargo el hecho fue calificado como defensa propia- a través de un fallo que fue apelado por la familia de Díaz. 

El 16 de marzo la Policía irrumpió con una tanqueta en la sede de Sintramunicipio, destruyó parte de la edificación y capturó a 33 personas. Finalmente, el 22 de marzo de 1996, los detenidos fueron puestos en libertad al comprobarse que las capturas habían sido arbitrarias y que no existían cargos formales en su contra, cerrando así el episodio más crítico de una lucha que durante siete años enfrentó al magisterio yumbeño con el poder político en defensa de la estabilidad laboral.

En relación a esta “pelea” -como cuenta Joanna que su padre lo denominaba- resalta la fuerte convicción con que el Sindicato luchaba por sus derechos, conscientes de que ese era el único camino posible para conquistarlos. Reflexiona : 

“Eso se fue perdiendo en los años 90, en toda Colombia llegó una ola de neoliberalismo muy fuerte y eso tocó muy fuerte a los sindicatos. Digamos que toda esta generación tuya, que ahora está sin contrato, o contratos por cuatro meses, eso era lo que ellos querían evitar en ese momento. Ustedes no se van a alcanzar a pensionar al menos que lo peleen. Antes ellos peleaban porque los contratos fueran fijos, porque uno se pudiera pensionar después de cierto tiempo de trabajo, no importa que edad tuviera uno”.

Una historia que tiende a repetirse. 

En 1992, con el respaldo del movimiento Convergencia por Yumbo y de Sintramunicipio, Fidel fue candidato a la Alcaldía de Yumbo. Aunque no resultó ganador, alcanzó una amplia votación.
Días antes de las elecciones, la sede del sindicato, en la carrera 2 con calle 5, fue objeto de un atentado: un artefacto explosivo en el escritorio de Fidel detonó justo cuando él se había levantado a atender una llamada telefónica en la recepción. La explosión dejó tres personas heridas y causó daños materiales significativos en la sede de la organización.

Foto: La Historia de un Sindicato del Pueblo, Luis Alfonso Mena


El ataque a la sede sindical no fue un hecho aislado: tres años después, la violencia volvería a alcanzar a Fidel. El 11 de julio de 1995, cuando se encontraba en la ciudad de Cali, dos hombres que se movilizaban en una motocicleta le dispararon mientras esperaba el vehículo que el sindicato había enviado para recogerlo. Producto de aquel atentado, Fidel estuvo hospitalizado varios días, pues dos de los disparos ingresaron a su cuerpo: uno en el hombro y otro a pocos centímetros de la arteria aorta.

Tras salir del hospital, durante su recuperación, Fidel denunció el hecho ante el noticiero regional Noti5 y expresó su preocupación por la inseguridad que acechaba a los líderes sociales, sindicales y políticos del municipio de Yumbo. Finalmente, en agosto viajó a Bogotá y se puso en contacto con Amnistía Internacional.

“Nos dice que había hablado con Amnistía y nos preguntó qué opinábamos de irnos del país. En ese momento fue como uy” cuenta Joanna, riendo, y hace un gesto de sorpresa mientras prosigue: “Pero no de irnos del país, sino de que mi papá dejara el sindicato, que era lo raro. También sentimos algo de alegría, porque ya era demasiado. Nadie en la familia se había atrevido a decirle que se saliera, excepto mi abuelo, que le insistió en que estudiara derecho laboral —él ya conocía tan bien el código laboral que casi no necesitaba abogado para las negociaciones colectivas— Mi abuelo le decía: yo le pago la carrera de abogado, y mi papá no quiso. (…) Y ahora era él quien nos decía: ¿qué les parece si nos vamos a…?.”

Cuando Joanna escuchó la propuesta, miró un mapa y pensó en los puntos más distantes que se le ocurrieron desde la coordenada donde la vida de su padre corría peligro. “Pregunté: ¿dónde está Suiza? ¿Dónde está Suecia? Miramos y les dije: vámonos para Suecia, vámonos para lo más lejos. No pensé que se fuera a hacer realidad, y sí: en julio fue el atentado, el 8 de agosto él salió para Suecia, y nosotros salimos el 8 de octubre del mismo año.”

Estocolmo

Joanna y su familia se radicaron en Estocolmo, en un apartamento proporcionado por el Estado; además recibían mensualmente una renta básica. Ella y sus hermanas se inscribieron en la escuela, y Fidel consiguió empleo revelando fotografía en Kodak.

“Ahí empieza un período como de tranquilidad con mi papá, pero a la vez yo no lo veía en esa quietud y esa actividad de hombre de la casa” —dice Joanna, que continúa contando que Fidel aprendió a hacer pan y entró también a la escuela junto a su esposa Amparo para aprender sueco. Sin embargo, a Fidel no se le dio tan fácil como a sus hijas, por lo que ellas debían acompañarlo cuando era necesario hacer una diligencia que implicara comunicarse con otros. Esto frustraba a Fidel, que de repente, a sus 36 años, se sentía como un niño que paradójicamente empezaba a quedarse calvo.

Un sábado de agosto de 1998, tras dos años de haber llegado a Estocolmo, Fidel hizo un anuncio que sacudió la calma con que transcurrían aquellos meses: Al día siguiente viajaría  rumbo a Colombia para ingresar a las filas del Ejército de Liberación Nacional (ELN)
Amparo ya conocía la decisión, pero para sus hijas la noticia fue, según lo describe Joanna, como un baldado de agua fría. Añade que en aquel momento sólo pensó en disfrutar de las pocas horas que le quedaba junto a su padre en su hogar.  “Él me dice eso pero yo no reflexiono sobre cuándo él entró al ELN. En ese momento no. Lo que nos dedicamos a hacer fue a estar juntos. Mi mamá estaba muy triste, tenía miedo de quedarse sola con nosotras en otro país; ahora yo lo veo (…)  tengo  una hija y pienso tenaz, o sea, en un país diferente, donde uno todavía no tiene trabajo, está aprendiendo la lengua… Pero a la vez yo no veía a mi papá en ese rol de estar haciendo pan en la casa, de no sentirse en su mundo.”

Cuenta la joven que en medio de la impresión que le produjo el anuncio de Fidel sintió un poco de alivio al saber que su padre no regresaría específicamente a Yumbo, por otra parte explica que no tenía en un mal concepto el movimiento insurgente. “Yo nunca tuve una mala imagen de la guerrilla y no la tuve por todo lo que pasaba, yo decía si así es con la gente que no está armada pues entonces todo mundo se arma también… “

Según el relato de Joanna  su padre no estaba interesado en vivir en función de la acumulación de riquezas o en pro de cosas que no sentaran un precedente o fuesen significativas; para él ese tipo de vida se asemejaba a un estado vegetativo, donde no pasa nada y donde nada se mueve. “No es que él no sintiera miedo, sí sentía miedo, pero había algo más fuerte y más grande, y también mi papá tenía una cuestión: uno no puede pasar por esta vida sin hacer algo importante, hacerla valer. Él no era un hombre de los que se iba a trabajar para ganar dinero y comprarse un apartamento,  una casa, lujos y después morir, tenía que haber más en la vida”
El día en que Fidel regresó a Colombia quedó marcado en la memoria de Joanna  como uno de los más tristes de su vida. Sus dos hermanas, junto a Amparo y unos amigos de la familia acompañaron a Fidel hasta el aeropuerto de donde salió con destino a Madrid, lugar en el que pasaría la noche antes de volar a Quito y poder desplazarse hasta Colombia por tierra para no ser identificado en los controles migratorios. 

Una vez estuvo en Quito Fidel se comunicó con su familia por última vez en varios meses antes de llegar hasta el Valle del Cauca donde lo esperaban en el frente José María Becerra del ELN, que operaba en los departamentos de Cauca y Valle. 


Alias Daniro

El Ejército de Liberación Nacional (ELN) se convirtió en el grupo insurgente armado más longevo de Colombia tras la desmovilización de las FARC en 2016. Surgió en el departamento de Santander durante la década de los sesenta, en un contexto marcado por la violencia bipartidista, influenciado por la Revolución Cubana, los postulados de Marx y Lenin y la teología de la liberación. Inicialmente estuvo liderado por Fabio Vásquez Castaño y contó entre sus integrantes con el sacerdote Camilo Torres.
 
Fidel llegó al ELN llevando consigo los nombres de dos amigos: Daniro y Dionisio. Los convirtió en sus alias, una decisión que Joanna interpreta como una forma de reivindicar sus muertes:
“Yo siento un poco que fue reivindicar esas muertes que se dieron de una manera tan… o sea, no fue peleando, de la forma que él pensaba que era lo correcto. No sé qué habría pensado Dionisio, y de Daniro creo que sí, porque perteneció al EPL (Ejército Popular de Liberación)” dice Joanna.

Detrás de esos nombres comenzaba una nueva etapa para Fidel, dentro de una organización que no era ajena a las contradicciones de la guerra: mientras adelantaba conversaciones con el Gobierno del presidente Andrés Pastrana con miras a un posible acuerdo de paz, seguía financiando sus actividades con dinero obtenido a través del secuestro y el narcotráfico.
Fidel fue partícipe de uno de los capítulos más recordados de este período. Ocurrió el 30 de mayo de 1999, cuando, hacia las 10:30 a. m. —treinta minutos después de iniciada la misa dominical—, un grupo de uniformados irrumpió en la iglesia La María, al sur de Cali. Aseguraron ser integrantes del GAULA y ordenaron evacuar a las 194 personas que asistían a la eucaristía, argumentando que en el lugar había una bomba. El escolta Yaslín Durán Córdoba, que notó que el calzado de los hombres no correspondía al uniforme real del GAULA, fue asesinado al intentar reaccionar. Una vez fuera de la parroquia, los hombres armados, que resultaron ser miembros del frente José María Becerra del ELN, subieron a los feligreses en dos camiones y emprendieron camino hacia la vereda La Estrella, en el municipio de Jamundí.

Horas más tarde, bajo la presión del Ejército, los secuestradores dejaron abandonadas en el camino a 86 personas, que fueron recogidas después por las tropas; otras 15 lograron escapar, y 93 quedaron en manos de la guerrilla.

A este hecho, Fidel lo llamaba “la retención”, según el testimonio de Joanna. Su propósito era cobrar grandes sumas de dinero a cambio de la libertad de sus seres queridos, familias a las que el ELN se refería, como parte de la “oligarquía” caleña.

El cautiverio se prolongó durante seis meses y medio para quienes permanecieron más tiempo en poder de la guerrilla. Rafael Posada, quien estuvo secuestrado 18 días, contó años después a El País cómo transcurrían sus días en el cambuche: escuchando por radio las listas de los liberados y los mensajes de sus familiares, tallando figuras en madera, observando insectos y conversando con otros secuestrados o con los guerrilleros que los custodiaban. La convivencia, dijo, fue aceptable —sin cadenas ni candados—, aunque eso no lo libraba de la angustia y la incertidumbre de no saber cuándo ni cómo terminaría todo.

Con el liderazgo del arzobispo de Cali, monseñor Isaías Duarte Cancino, la ciudadanía se tomó las calles para exigir la liberación de los secuestrados. La más recordada de esas movilizaciones fue la marcha No más, del 7 de junio de 1999 —la primera de muchas que surgirían como forma de rechazo al secuestro en el país—. Duarte también excomulgó a los secuestradores y denunció las pretensiones económicas del ELN a cambio de la liberación de los plagiados.

Mientras tanto, el comandante del Ejército conformó comisiones especiales y planeó estrategias para intentar su rescate. En el ámbito político, el Gobierno Nacional adelantó negociaciones con la participación de Horacio Serpa, Noemí Sanín, y los congresistas Piedad Córdoba, Antonio Navarro Wolff y Omar Yepes, junto con representantes de los gobiernos de España y Venezuela.
 
Las liberaciones se produjeron de manera paulatina entre junio y diciembre de 1999: unas cincuenta y cinco personas fueron liberadas entre el 2 y el 30 de junio, varias de ellas con mediación de la Iglesia Católica, mientras que el resto de los secuestrados recuperó la libertad sólo después de que sus familias pagaran el rescate exigido por la guerrilla o de que el Gobierno aceptara despejar de forma temporal diferentes zonas del Valle. 

***

Durante su estadía en el ELN, Fidel aprovechaba cualquier oportunidad para llamar a su hogar en Estocolmo o enviar cartas a su esposa y a sus hijas —correspondencia que era revisada celosamente cada vez que entraba o salía del campamento—. Joanna aún conserva parte de esas cartas, en las que su padre les contaba sobre su día a día y las aconsejaba sobre la importancia de ser fuertes y protegerse unas a otras.

En 2000, meses después del episodio de la Iglesia La María, Joanna acordó con su padre viajar a Ecuador junto a sus hermanas para reunirse con él. La joven acababa de terminar el bachillerato; había trabajado como mesera durante sus vacaciones y había ganado lo suficiente para cubrir la estadía de las tres durante al menos dos meses. Su madre, por su parte, había decidido que prefería no volver a ver a Fidel, así que compró los pasajes de sus hijas y envió primero a Joanna rumbo a Ecuador, pues  temía que Fidel no pudiera llegar y que la joven quedara a la deriva en otro país, al cuidado de sus dos hermanas menores.

Cuando Joanna llegó al aeropuerto de Quito, no podía creer que su padre estuviera allí, de pie, esperándola. Por su seguridad, Fidel había caminado desde el Valle del Cauca hasta el país vecino, una travesía que, según relata su hija, duró una semana completa.

Después de saludarla, le preguntó por sus hermanas. Ella le explicó que llegarían días después, ya que Amparo había comprado los tiquetes con cierta diferencia de tiempo para asegurarse primero de que él realmente estaría allí.

Pese a que Fidel tenía una posición de mando en el ELN, Joanna recuerda que esto no lo eximía del control y la disciplina que regían a la organización. Cuando ella le contó que su plan era quedarse por dos meses, él le explicó que tenía permiso para ausentarse solo durante un mes. A pesar de eso, Fidel terminó compartiendo con sus hijas en Ecuador durante dos meses, antes de que ellas regresaran a su hogar en Suecia.

Los años siguientes para Fidel al interior del ELN estuvieron marcados por intensas confrontaciones por el control del territorio, tanto con otros grupos armados, como las FARC, como con estructuras paramilitares, entre ellas las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC).
El fortalecimiento de estas estructuras estuvo precedido por la expansión del paramilitarismo durante la década de 1990. En 1994, el Gobierno reglamentó los servicios de vigilancia y seguridad privada mediante el Decreto 356, que contempló los llamados servicios especiales de vigilancia y seguridad privada, posteriormente asociados a las Convivir. En 1997, la Corte Constitucional declaró inexequible el parágrafo del artículo 39 de ese decreto, que permitía a los servicios especiales de vigilancia y seguridad privada utilizar armas de uso restringido, y ordenó la devolución de las armas autorizadas bajo esa disposición.

Pese a lo anterior, en los años siguientes las estructuras paramilitares continuaron expandiéndose por distintas regiones del país. En el suroccidente, esa expansión se concretó con la llegada del Bloque Calima de las AUC. El Centro Nacional de Memoria Histórica documenta su operación entre 1999 y 2004 en los departamentos de Valle del Cauca y Cauca, además de algunos municipios de Huila y Quindío. 

Mientras tanto, al otro lado del Atlántico, en Estocolmo, Joanna había ingresado a la universidad para estudiar Antropología. Ya tenía novio y se había mudado de la casa de su madre en busca de independencia.

En 2006, como parte de su proyecto de grado, regresó a Colombia y visitó Cartagena. Al terminar la investigación, viajó al Valle del Cauca, donde volvió a encontrarse con su padre:
“Él se movió a una zona un poco más tranquila donde pudiera estar con familia. Ahí también llegaron mis hermanas. Yo era la que iba a hacer la tesis, pero vinieron porque sabían que lo iba a ver también, y fue bueno porque en julio de 2006 nos vimos y en febrero de 2007 él muere. Fue la última vez”.

De la muerte de Fidel no hay mucho documentado en medios de comunicación. Joanna precisa que ocurrió exactamente el 19 de febrero de 2007 y que murió en combate. Ella se enteró del deceso horas más tarde, después de que llamaron a la casa de Amparo en Estocolmo para avisarles.

La llamada la recibieron sus hermanas menores, quienes fueron hasta donde estaba su madre para informarle y posteriormente visitaron a Joanna para darle la noticia.

“Mis tíos van y averiguan qué pasó, pero a él ya lo habían enterrado y todo, nosotras ¿qué íbamos a hacer? ¿Qué íbamos a aportar en una cosa o la otra? Yo vine después, vine con mi familia… A mí me gusta la selva y a mí nunca me parecieron como chéveres los cementerios. Yo le decía a mi mamá: ‘Por lo menos quedó por allá porque eso por allá es bonito…’”, remata Joanna.

De víctimas y victimarios

Desde que su padre murió, Joanna ha visitado de forma recurrente Colombia. Una de esas veces fue en 2013, cuando llegó hasta Yumbo y propuso en Sintramunicipio realizar un homenaje a Fidel y al legado que construyó durante los diez años que presidió la organización. Según cuenta, inicialmente recibió autorización para realizar el acto conmemorativo en el parque Belalcázar; sin embargo, cuando regresó en agosto para organizar la actividad, las directivas del sindicato le informaron que esta no podía hacerse en el parque y propusieron trasladarla al auditorio del Sintramunicipio. Joanna recuerda que se molestó, no solo porque en mayo le habían dado el visto bueno y ya había comenzado a organizar el evento —incluso con artistas que interpretarían la música protesta que tanto le gustaba a su padre—, sino también porque le parecía inaudito que miembros de una organización que se había tomado ese mismo parque tantas veces, sin permiso de nadie, hoy asumieran esa posición.

Sobre este episodio, Joanna señala que la conciencia política y sindical en el municipio se ha debilitado con el tiempo, debido a la precarización laboral y a la violencia contra el movimiento sindical. Así mismo, menciona que cada año el sindicato organiza un homenaje al también exdirectivo Dionisio Hernán Calderón, y que este se realiza en las calles, en el espacio público — lo que la lleva a la siguiente reflexión sobre su padre:

“Él iba a morir, sí o sí, de forma violenta, que fue lo que pasó. Ahora el tema es cuál era la muerte violenta que iba a tener, ¿cuáles eran las alternativas? Una era la que vivió Dionisio, asesinado en una calle en Cali o en Yumbo, o la otra era defendiéndose. Y por eso digo que son víctimas complejas. Están las ‘víctimas buenas’, siempre es una tragedia cuando a un líder social lo matan, pero ahí ya vamos contando y contando y contando y a nadie le importa. Entonces uno dice, como persona individual, ‘pues yo sí me voy a defender’, y después te matan en la guerrilla. Sigue siendo igual un asesinato, una victimización, solamente que el uno se defendió.”

Finalmente, el homenaje se llevó a cabo en noviembre en el concejo municipal de Cali, donde asistieron amigos y familiares. Sobre este acto conmemorativo, el periodista Luis Alfonso Mena escribió en su libro La historia de un sindicato del pueblo que el paso del tiempo será el que juzgue las decisiones que Fidel tomó en la década posterior a su salida de Yumbo, pero que no hay duda del aporte sincero y esforzado que hizo a las luchas de Sintramunicipio entre 1983 y 1996 —presidiendo asambleas, encabezando movilizaciones y acompañando actos solidarios junto a su compañero Dionisio Calderón—. Como resume Mena, “Fidel Castro Murillo fue un hombre de acción”.