Resistir al Exilio
El 5 de marzo de 1992 Joanna Castro, hija del ex presidente del sindicato de trabajadores de Yumbo, Fidel Castro, llegó a su casa en el barrio Marroquín en Cali y aún con el uniforme del colegio puesto, como era costumbre, encendió la televisión y sintonizó el noticiero regional. De pronto, entre las imágenes que iban y venían en la pantalla observó a su padre contando con soltura a un grupo de reporteros cómo un golpe de suerte le había salvado de estar sentado en su despacho cuando el escritorio explotó y voló por el aire.
“Prendí el noticiero mientras mi mamá me servía el almuerzo, cuando ahí voy viendo bomba en el sindicato y uno se queda así como… Pero después pasan a mi papá diciendo me salvé, sino me estuvieran recogiendo con cucharita. … y uno es como ¿qué?”
Joanna se ríe mientras me cuenta el incidente con su acento caleño profundamente marcado, al reír se tensan sus mejillas trigueñas y su rostro perfilado y juvenil. Casi tiene 40 años, no es muy alta y tiene la contextura esbelta y la apariencia saludable de quien hace deporte frecuentemente y evita -por salud y ética- alimentos como el azúcar procesada y las carnes.
Cuando nos vimos a finales de 2020 estaba de paso por Cali, pues vive en Estocolmo junto a su familia desde 1996, cuando la persecución contra su padre se hizo insostenible. Decidimos encontrarnos en un punto central de la ciudad, en el barrio San Fernando, exactamente en el parque del Perro. Joanna lleva una falda corta negra ligeramente ceñida y una blusita de tiras del mismo color. Me saluda en cuanto me ve sentada junto a la estatua blanca del perro que le da el nombre al parque y me invita a un pequeño café restaurante frente a la plaza, en el que me cuenta ya había estado antes.
Me pregunta si ya he cenado y pide para ella un jugo de lulo- Sin azúcar- y un plato de ceviche de atún acompañado con galletas de soda. Una vez le hablo de la intención de la entrevista empieza a contarme con detalle cronológico sobre la vida de su padre desde su niñez hasta su muerte en combate en las filas de la guerrilla del ELN en 2007, pasando por su faceta de estudiante de la Universidad del Valle, de docente de la escuela Juan XXIII de Yumbo, de presidente del sindicato de trabajadores del municipio, de padre, de esposo y de exiliado político.
En eso llegó Fidel…
Fidel nació en Santiago de Cali en 1959, el mismo año en que a casi a 2.000 kilómetros de distancia, a la orilla del Caribe, en Santiago de Cuba, el Ejército Rebelde encabezado por el abogado Fidel Castro Ruz derrotaba las tropas del dictador Fulgencio Batista y declaraba desde el balcón del ayuntamiento de la ciudad una victoria sin precedentes, que contagió de entusiasmo el centro y sur del continente y que sirvió como inspiración para planear rebeliones, componer canciones, escribir libros y en el caso del padre de Fidel, ex directivo del sindicato de Ferrocarriles de Zipaquirá, para nombrar a su descendencia.
La única fotografía que hay de Fidel en internet es la misma que está colgada en el auditorio del Edificio del sindicato de trabajadores, al otro lado de la foto del también ex presidente de la organización, Dionisio Hernán Calderón, ambas en una suerte de columnas blancas que sobresalen de una pared del mismo color, detrás de una tarima hecha de tablas de madera barnizada.

La imagen parece tener el fondo retocado, una tela roja ocupa perfectamente la mitad del cuadro blanco atravesándolo de manera diagonal y en la esquina superior derecha se lee en una letra cursiva amarilla el nombre completo de Fidel y las fechas de su nacimiento y su deceso. Para el día de aquella foto parece tener no más de 30 años, es un hombre de contextura mediana, trigueño, con un cabello y una barba negra y abundante. Tiene puesto un traje gris de manga sobre una camisa azul celeste de finas rayitas blancas a la que le ha dejado los tres primeros botones abiertos. Mira con seguridad hacia el otro lado de quien sostiene la cámara y entrecruza las manos sobre lo que parece una agenda y un sobre de manila.
Una vez culminó el bachillerato, entró a la Universidad del Valle, en Meléndez, a estudiar Licenciatura en Matemáticas. Según lo que le contó a su hija, desde los quince años dedicaba sus ratos libres a la lectura de autores como Marx, Gramsci, Mao y a la discusión de esos textos en pequeños grupos de estudio a los que lo invitaba uno de sus mejores amigos y también vecino, Daniro, fallecido a los 19 años después de que la policía lo hiriera durante un asalto en un almacén Carulla en el Sur de Cali, en el que él participaba como miembro del Ejército de Liberación Popular (EPL), un grupo insurgente de corte marxista-leninista fundado en 1967 del que ahora queda un número más bien reducido, debido a la desmovilización de más de 2.000 de sus miembros en 1991.
Fidel y Daniro confiaban profundamente el uno en el otro: una vez Daniro fue impactado dentro del almacén huyó de la policía escondiéndose en un canal de aguas residuales y se dirigió a una vivienda en el barrio Siete de Agosto donde contactó a Fidel, que insistió en llevarlo a un hospital y le sirvió como donador de sangre, sin embargo y pese a los esfuerzos la infección en la herida fue letal.
“Si yo hubiera nacido hombre, me hubieran puesto Daniro” dice Joanna riéndo.
Su padre evocaba aquella amistad a partir de pequeños detalles que, para él, cobraban un profundo significado: como el hecho de haber sido la única persona compatible para donar sangre a su amigo ese día o como el fuerte aguacero que cayó sobre la ciudad minutos después de su muerte.
Un año después de aquel suceso, en 1.979, a los 20 años, Fidel conoció en Puerto Mallarino a Amparo, una joven tres años mayor que él, con quien se casó a escondidas y tuvo tres hijas, entre ellas, Joanna.
Amparo provenía de una familia campesina y desde que se graduó del colegio trabajó atendiendo público en pequeños negocios como papelerías y ferreterías, a la vez que estudiaba contaduría y ayudaba a su madre con un puesto de arepas que Fidel visitaba sagradamente para comprar el desayuno y verla aunque no se animara a hablarle.
Joanna describe a su madre cómo una mujer más bien tradicional, que no tuvo mayor interés en las mismas causas sociales y políticas de Fidel, pero que siempre le apoyó y le acompañó con una actitud abnegada.
“Cuando me conciben, no están ni casados ni nada, pero rapidito organizaron para donde ir y compararon un lote en lo que hoy es Marroquín, distrito de Aguablanca. Se casaron a escondidas y cuando contaron que me estaban esperando, pues ya se habían casado y tenían un lote.” Recuerda la joven.
En 1983 Fidel aplazó algunas materias de su carrera y así pudo continuar con sus estudios y conseguir un empleo de medio tiempo que le permitiera responder por los gastos de su nueva familia. Primero trabajó en un colegio para señoritas en Cali y luego, por recomendación de un conocido, en la Institución Educativa Juan XXIII, una escuela pública de Yumbo, ubicada en el barrio Las Américas.
En la búsqueda por reconstruir el relato de la vida de su padre, Joanna visitó hace algunos años la escuela Juan XXIII y habló con varias de las ex compañeras de trabajo de Fidel, quienes le contaron que una de las primeras cosas que su padre hizo al llegar a la institución fue organizarse con otros maestros para construir por su cuenta una tarima para las presentaciones de los estudiantes en el salón de piso rústico que hacía las veces de auditorio.
Ese mismo año se adhirió al sindicato de trabajadores de Yumbo, conformado entonces por empleados oficiales, obreros y maestros. La organización estaba presidida por el líder comunista Dionisio Hernán Calderón, con quien rápidamente estableció una relación de compañerismo y amistad:
“Dionisio era muy beligerante. Digamos que mi papá siempre lo reivindicó como el que le enseñó el sindicalismo (…) Pero lo bonito de ellos es que se encuentran dos tradiciones diferentes. Mi papá no era comunista, desde su punto de vista eran muy sectarios, siempre lo dijo y los detestaba, decía que eran unos hijueputas y pensaba así, aunque también reconocía que con Dionisio fue que aprendió muchas cosas”
De acuerdo con el periodista Luis Alfonso Mena Sepúlveda, en su libro La historia de un sindicato del pueblo, uno de los principales aportes de Castro al Sintramunicipio de Yumbo fue lograr que los docentes se vincularan de forma masiva a la organización, fortaleciendo con ello su incidencia en los territorios.

Joanna, por su parte, destaca la entrega con la que su padre hacía cada cosa, su carácter incorruptible y la forma responsable y austera en que usaba los recursos de la organización sindical durante diferentes actividades.
El 8 de junio de 1985, Fidel participó del cabildo abierto impulsado por el Sintramunicipio en el que la organización denunció la violación de los derechos de los humanos por parte de elementos policiales y militares de la región. De acuerdo con los voceros del sindicato, varios jóvenes del municipio habían sido asesinados por agentes de la policía conocidos entre la población como Puntilla, Peñuela, y el Cabo Niño; así mismo indicaron que Dionisio Hernán Calderón había sido objeto de amenazas contra su vida en múltiples oportunidades.
Pasados un poco más de tres meses de aquel encuentro, el 28 de septiembre de 1985, hombres armados ingresaron a la vivienda de Dionisio Hernán Calderón y le dispararon varias veces frente a su esposa y sus hijos.
Fidel en la cruz
Después del asesinato de Dionisio, Fidel Castro asumió la presidencia de Sintramunicipio hasta 1996.
Durante la década que presidió el sindicato Castro cuestionó y criticó duramente la gestión de los alcaldes Héctor Aníbal López (1988-1990), Freddy Bejarano (1990-1992), Enrique Aniro Parra (1992-1994) y Carlos Moreno (1995-1997). Además, respaldó ampliamente el gremio docente en su búsqueda por condiciones laborales que les garantizaran estabilidad en sus puestos de trabajo.
Entre 1989 y 1996 se mantuvo una lucha casi permanente por parte de los docentes del municipio por ser nombrados en sus cargos, cansados ya de que los directorios políticos convirtieran los contratos a término fijo en la moneda de cambio con que se pagaban favores, relacionados con la cooptación de votos durante los períodos electorales.
Fidel siguió de cerca las manifestaciones de los docentes, cada vez más extremas: la huelga de hambre de tres días en la Cámara de Comercio de Yumbo en 1989, la ocupación pacífica de la parroquia Nuestro Señor del Buen Consuelo en 1990 y el encadenamiento y posterior costura de labios de un grupo de maestros en el parque Belalcázar en septiembre de 1992.

En 1995, sólo tres años después de la protesta de los labios cosidos, el conflicto por la vinculación en propiedad de docentes en las instituciones educativas del municipio se reavivó. En esta oportunidad un grupo de maestros contratistas inició un cese de actividades y ocho de ellos se declararon en huelga de hambre en la parroquia Nuestro Señor del Buen Consuelo. Tras varios días sin recibir una respuesta por parte de la administración en cabeza de Carlos Alberto Moreno y ante el deterioro en las condiciones de salud de los manifestantes, la protesta se transformó.
Los ocho docentes abandonaron el recinto religioso y, a partir de entonces, estudiantes y trabajadores oficiales del municipio desarrollaron movilizaciones y bloqueos viales.
Fidel, por su parte, se sumó a la comisión designada para negociar con la administración una solución. Pese a su rol, una noche, al culminar una de las jornadas de negociación, fue aprehendido por la Policía bajo señalamientos de alteración del orden público. La detención provocó una nueva movilización hacia las inmediaciones del cuartel de Policía, donde permaneció retenido hasta que fue liberado horas más tarde.
Finalmente, tras un prolongado proceso de conversaciones y con la participación del gobierno departamental, se suscribió un acuerdo que permitió una salida transitoria al conflicto.
No pasó mucho tiempo antes de que el gremio docente del municipio sufriera otro duro golpe: En 1996, un fallo de la Procuraduría determinó que los docentes de Yumbo no podían afiliarse a Sintramunicipio al ser considerados empleados de la Gobernación del Valle y no de la Alcaldía de Yumbo. En términos prácticos, esto significaba que los maestros quedarían excluidos de los beneficios conquistados por el sindicato para los trabajadores oficiales y que el cuerpo sindical perdería casi 300 de sus miembros.
Como respuesta, 243 docentes afiliados a Sintramunicipio cesaron sus actividades el 6 de febrero de 1996. La protesta fue respaldada por maestros no sindicalizados y miles de estudiantes. Entre el 16 y el 18 de febrero,alumnos y padres de familia realizaron una toma pacífica de la Defensoría del Pueblo en Cali para exigir una solución; el 19 de febrero estudiantes de bachillerato del Colegio Mayor ocuparon las instalaciones de la Institución Educativa y, hacia finales del mes, una multitud integrada por docentes, trabajadores, estudiantes y padres de familia marchó hasta la Gobernación del Valle para reclamar una negociación.
Al no llegar acuerdos, el 4 de marzo nueve estudiantes iniciaron una nueva huelga de hambre en el Colegio Mayor. Cinco días después, dos de ellos fueron hospitalizados y otros dos diagnosticados con deshidratación aguda y gastritis severa.
El 13 de marzo de 1996, tras más de un mes de conflicto sin respuesta de la Alcaldía, una estudiante pronunció la frase que marcaría la historia de esta movilización: “Lo único que falta será crucificarnos”. De ese comentario surgió la idea que poco después materializaron el docente del Colegio Fray Alfonso de la Concepción Peña Wilmer Puertas y los miembros de Sintramunicipio Yesid Montenegro y Fidel Castro.
Los tres fueron clavados en cruces en el Colegio Mayor de Yumbo y posteriormente trasladados hasta el parque Belalcázar donde decenas de personas se congregaron, unas movidas por la solidaridad con los docentes y otras por la incredulidad y la curiosidad.

Al completar un día en las cruces, el 14 de marzo, el alcalde Carlos Alberto Moreno expidió el Decreto 051 mediante el cual estableció el toque de queda en el municipio. Al día siguiente, los tres crucificados fueron trasladados a centros asistenciales debido a las infecciones y complicaciones derivadas de las heridas en sus manos. Pese al toque de queda, una multitud concentrada en el parque Belalcázar atacó la Alcaldía y otras dependencias públicas, al tiempo que se desarrollaba una mesa de diálogo con el viceministro de Trabajo, el gobernador del Valle, el alcalde y los voceros de Sintramunicipio.
Como resultado de los disturbios, perdieron la vida Fabio Nelson López Londoño, de 15 años, y Carlos Armando Díaz Tarapuez, de 20 años, ambos por disparos en la cabeza. Diecisiete meses después, según El Tiempo, ninguna de las dos muertes tenía responsables establecidos con firmeza. La familia de Fabio Nelson optó por no emprender una batalla jurídica. La de Díaz Tarapuez sí lo hizo, y logró que la Fiscalía Seccional de Cali confirmara que la bala que le quitó la vida salió del arma del concejal Evelio Ñáñez, disparada cuando la multitud atacó a piedra su vivienda en el barrio Las Cruces —sin embargo el hecho fue calificado como defensa propia- a través de un fallo que fue apelado por la familia de Díaz.
El 16 de marzo la Policía irrumpió con una tanqueta en la sede de Sintramunicipio, destruyó parte de la edificación y capturó a 33 personas. Finalmente, el 22 de marzo de 1996, los detenidos fueron puestos en libertad al comprobarse que las capturas habían sido arbitrarias y que no existían cargos formales en su contra, cerrando así el episodio más crítico de una lucha que durante siete años enfrentó al magisterio yumbeño con el poder político en defensa de la estabilidad laboral.
En relación a esta “pelea” -como cuenta Joanna que su padre lo denominaba- resalta la fuerte convicción con que el Sindicato luchaba por sus derechos, conscientes de que ese era el único camino posible para conquistarlos. Reflexiona :
“Eso se fue perdiendo en los años 90, en toda Colombia llegó una ola de neoliberalismo muy fuerte y eso tocó muy fuerte a los sindicatos. Digamos que toda esta generación tuya, que ahora está sin contrato, o contratos por cuatro meses, eso era lo que ellos querían evitar en ese momento. Ustedes no se van a alcanzar a pensionar al menos que lo peleen. Antes ellos peleaban porque los contratos fueran fijos, porque uno se pudiera pensionar después de cierto tiempo de trabajo, no importa que edad tuviera uno”.
Una historia que tiende a repetirse.
En 1992, con el respaldo del movimiento Convergencia por Yumbo y de Sintramunicipio, Fidel fue candidato a la Alcaldía de Yumbo. Aunque no resultó ganador, alcanzó una amplia votación.
Días antes de las elecciones, la sede del sindicato, en la carrera 2 con calle 5, fue objeto de un atentado: un artefacto explosivo en el escritorio de Fidel detonó justo cuando él se había levantado a atender una llamada telefónica en la recepción. La explosión dejó tres personas heridas y causó daños materiales significativos en la sede de la organización.
